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Vergüenza

“¡País de m…..!”, fue la expresión que se me vino a la mente, pero que no dije a viva voz por ser negativa y moralmente incorrecta. Estaba con mi familia, y sentí vergüenza como si la hubiese dicho en voz alta. Ocurrió en reciente viaje al exterior, mientras veía un programa de entrevistas con periodistas y comentaristas en canal extranjero, que se referían al asesinato continuo de líderes sociales en nuestro país (más de 80 en lo corrido de 2018).

Alguno de los participantes del programa preguntaba de qué naturaleza pudiera estar hecha una nación que no se inmuta frente al asesinato selectivo de ciudadanos, pero que celebra y acompaña con tanto nacionalismo a su selección de fútbol. Otro no entendía cómo podía haber tanta diferencia sociológica entre nuestro país y el fronterizo Ecuador, porque mientras acá no parece alterarnos semejante ignominia, allá el país se levantó al unísono contra el homicidio de dos de sus periodistas y su conductor, por orden de alias Guacho. Tampoco pueden comprender que no hayamos aprendido del pasado, que otra vez estamos replicando; pensamos que el asesinato de líderes de la extinta UP no se repetiría, y estamos casi en las mismas.

Y es cierto: han ido pasando las calendas, pero cada tres días matan a un líder social sin que nos inmutemos. Incluso, llegamos a pensar insanamente que buena parte de las víctimas deben ser culpables de algo grave y que, tal vez, las ajustician por hechos derivados de su propia conducta.

En el extranjero, con razón, nos ven como extraterrestres; en Islandia, Japón o en Austria no pueden comprendernos. Y menos cuando aún no tenemos certeza de quiénes son los asesinos ni por qué los asesinan. Se tejen teorías que explican que desde la derecha e izquierda extremas, y sus narcos, se dan las órdenes de exterminio, como si ello justificara uno solo de esos homicidios.

Al concluir el programa pensé que no sólo debía sentir vergüenza de haber pensado en una expresión tan fuerte contra mi propio país, sino que también debemos sentirla todos los colombianos, por no ser capaces de pasar esas horribles páginas de odio endemoniado, y encontrar el camino que recorren los países decentes, donde la vida tiene un valor sagrado.

Por eso, tenemos derecho a exigir del Gobierno, de las autoridades judiciales y de policía, que se tomen medidas de excepción que detengan este baño de sangre al que estamos volviendo o del que no hemos podido salir, y que nos muestren quiénes son los autores intelectuales detrás de estos actos dolorosos y aberrantes, y que sean sometidos y condenados con la fuerza de la ley.

 

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